27 noviembre, 2025
Allá cada cual con sus decisiones. Todos tenemos libre albedrío, al menos en parte, y todos responderemos de nuestros actos, llegado el momento, ante el mismo tribunal, sea cual fuere. No sé si el tabaco será entonces una circunstancia agravante, pero permítanme romper una lanza por los que se entregan al vicio -o al placer- de fumar puros, que es mi caso.
Nuestras autoridades velan por nuestra salud, quizá con más entusiasmo que por nuestros derechos cívicos o por nuestras viviendas. Con razón nos recuerdan que fumar mata, suben impuestos, prohíben fumar en casi todas partes y convierten en sospechoso a cualquiera que lo haga. Bien está que se informe, bien está que se proteja a quien no quiere respirar lo ajeno.
No hablo del cigarrillo nervioso en el trabajo, ni del compulsivo de los pubs y discotecas. Los que llegamos a conocer los espacios saturados de humo en que convertimos las dependencias oficiales y los bares no lo echamos de menos. Tampoco me interesa el vapeador con sabor a chicle, que me parece un sucedáneo triste. Hablo del puro, del rito lento, del humo espeso que acompaña una sobremesa larga, una conversación reposada o una soledad bien llevada. Eso es otra cosa.
En mi juventud reinaban los lanceros, aquellos puros cubanos interminables que puso de moda Felipe González. Alguno los recordará: delgados, larguísimos, elegantes en la mano, y demoledores en el estómago. No había dios que terminase uno sin acabar con un mareo. Los más veteranos, con gesto de suficiencia, decían aquello de “esto se fuma despacio”; los noveles asentíamos mientras pensábamos, en silencio, que si íbamos más despacio terminaríamos muy mal. Pero aquel primer mareo dejó también el recuerdo de una iniciación: el humo no era solo humo, era la entrada en un mundo de adultos, de cafés con tertulia, de política, de bromas, de confidencias que se quedaban en el cenicero.
Luego llegó mi desembarco en Galicia, y con él el descubrimiento de otros humos. Conocí al inolvidable don Julio y sus Caoba y a la fraterna familia de los Pérez Lama; con ellos aprendí los secretos del mejor tabaco dominicano, de esas cajas forradas de maderas nobles antillanas que se abrían como se abre un relicario. La escena está grabada en mi memoria: mesa larga y hospitalaria, botella de vino ya empezada, manos que escogen, cortan, encienden; entendidos que valoran la capa, el tiro, la fortaleza, el aroma. Era una ceremonia solemne, con mucho de liturgia, de misa laica alrededor del humo.
No es un placer de señores, por más que la caricatura quiera reducirlo al tópico del jubilado con puro y copa de coñac. Dejando aparte los ejemplos históricos de mujeres fumadoras de puros, como George Sand, Marlene Dietrich o la princesa von Metternich (y todas llegaron a vieja), en mi casa siempre hubo mujeres con puro entre los dedos. Mi madre fumaba ocasionalmente puros, con una naturalidad que descolocaba a más de uno. Mi mujer -mi novia entonces- también fumaba puritos en la facultad, entre apuntes, cafés y clases. El humo no entendía de cuotas ni de géneros: llegaba a todos por igual y a todos nos igualaba un poco.
Porque tampoco es un placer de ricos. Ahí estaban las Farias, los puros humildes de los estancos de toda la vida, esos que cabían en el bolsillo de la chaqueta y que perfumaron tantos bares de barrio, tantas partidas de dominó, tantas esperas en estaciones y apeaderos. Los había de las fábricas de tabacos de Gijón y de La Coruña, y tengo vinculación con ambas. En la de Gijón, trabajaban mis tías abuelas. En la de La Coruña, trabajo hoy. Esos puros modestos han acompañado más a la clase trabajadora que a los consejos de administración. Don Julio decía que, en época de crisis, no debía subirse el precio del tabaco. Fumar hace pasable la desgracia. De hecho, en las cárceles, espacio cerrado donde los haya, se fuma. El humo, en esto, ha sido bastante más democrático que algunas leyes.
Aunque yo mismo he limitado mi consumo de puros a situaciones excepcionales, la tradición, pese a todo, se mantiene. Mis hijos también los aprecian. No fuman a diario ni viven pendientes del siguiente encendido, pero saben que en ciertas ocasiones el puro tiene su lugar. Sea en una reunión familiar, sea en una corrida de toros en la Maestranza de Sevilla, el humo simboliza algo que cuesta explicar con estadísticas: una continuidad. Uno mira a su alrededor, ve a personas con el puro en la mano, y entiende que ahí hay una cadena que viene de lejos, que ha sobrevivido a cambios de régimen, de moneda y de costumbres.
Quizás todas mis reflexiones sean pura nostalgia envuelta en nicotina. Claro que siento nostalgia; cuando voy al trabajo, a veces disfruto de la bocanada de humo que suelta un trabajador o una trabajadora en la puerta de la obra, del supermercado o del taller. Me detengo un segundo en ese olor, que me devuelve a otros tiempos, a otras calles más vividas. Ese humo, que hoy muchos miran con adusto gesto de reproche, para algunos sigue siendo un hilo que nos vincula a un pasado compartido.
El tabaco es malo para la salud y mata, como muchas otras cosas, pero constato que, a fuerza de querer exorcizar los riesgos, arrasamos también ciertos ritos que daban textura a la vida. Respecto a su uso, creo en ese lugar pasado de moda llamado responsabilidad personal.
Porque al final el humo habla de algo más que de tabaco. Nuestra sociedad está muy preocupada por los humos del vecino: el del coche, el de la chimenea, el del puro. Vigilamos el humo ajeno con una severidad que no siempre aplicamos a nuestras propias inmisiones, sobre todo las que no se ven: la mala educación, la grosería en redes y hasta en sede parlamentaria, la difamación anónima, la agresión verbal cotidiana. Esos humos morales, que intoxican el ambiente cívico más que cualquier pitillo, reciben a menudo menos sanciones que un puro encendido en una terraza.
Tal vez por eso me gusta esa imagen final del día: un grupo de personas muy distintas entre sí fumando a la puerta de un bar o de un trabajo. Comparten humo y, durante un rato, comparten también su humanidad. El humo, al final, nos hermana a todos.
Hay malos humos, como los de la soberbia, la mentira o la cobardía, peores que los del tabaco, que intoxican de verdad. Los demás, con moderación y templanza, quizás sólo sean esa vaga bruma que deja tras de sí una vida que ha intentado, al menos, celebrarse. Una tarde interminable, una charla sin prisa, tienen mucho que ver con aquella vieja aspiración de la vida retirada, del beatus ille. Menos ruido, menos impostura y, al menos por un rato, un aire más limpio.
Alerta