Se llamaba educación

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José Rodríguez, periodista

ESPIGANDO

Estamos viviendo tiempos de preocupación y nuestra ciudadanía se divide entre los que piensan que todo va bien y los que claman al cielo, sosteniendo que “cualquier tiempo pasado fue mejor “. La cosa está entre nostálgicos y optimistas. El tiempo no es la adecuada medida para aplicar al mohoso concepto de los años conjugados, como los verbos, en pasado, presente y futuro porque es, solamente, un acontecer solidario, testigo de la historia, pero no un elemento modificativo de la misma. Nos interesa, casi siempre más, el tiempo actual, que es el que nos trae el dolor o la alegría, la preocupación actualizada y la posibilidad de mirar, con ilusión hacia el futuro. Lamentablemente los tiempos que estamos viviendo son preocupantes. Se ha instalado la violencia en la sociedad, de modo inesperado. Las peleas callejeras, las palizas, y la muerte violenta, alimentada por los celos o la envidia, dan idea de la carga de odio que envenena, actualmente, al ser humano.

La juventud no tiene trabajo, pero exige dinero y diversión, organiza botellones, alcoholizando el cuerpo y atrofiando el alma, desafiando el orden legal y diluyendo sus virtudes, entre la balumba del ruido y de la banda. La calle ruge atrevida e incendiaria. Los okupas son la novedad en estos tiempos, en cuanto a tomar por asalto las viviendas que no son suyas y, al dejarlas, las destrozan. Las pintadas callejeras que emborronan el buen gusto, ensuciando las fachadas del urbano. Y así todo. Pura mezcla de locura, rebeldía e iconoclastia. Las leyes, al caso, o no existen o se aplican tarde y con blandura. Sobreabunda el estilo del buenismo y la práctica engañosa, al hacer del avestruz. En suma, falta educación. Sobra violencia psíquica y física. Faltan padres educados que sepan educar. Que aprendan, de una vez, que educar no es solamente enseñanza de la ciencia y la cultura.

Hay mucho docto, por el mundo, que son unos auténticos sinvergüenzas e, incluso, criminales. La historia canta. La educación que da frutos, de verdad, es la familiar, con el consejo y el ejemplo, con la moral, el amor, el respeto y buenas costumbres; con aquello que, antes, llamábamos “urbanidad “. Había un libro de texto, con este título, en mi colegio de los años treinta. Por cierto, ningún capítulo dedicado a las trifulcas familiares, ni al lenguaje grosero, ni a la infidelidad matrimonial, ni a las parejas de hecho, ni al tuteo improcedente, por diferencia de edad. No existían, en dicho manual, capítulos con estos títulos. Ahora se ningunea a los mayores. Antes se decía “del viejo el consejo “, ahora se practica lo “del viejo el dinero” y, si estorba, a la residencia. También se decía “con su permiso “, buenos días tenga usted”, “que usted lo pase bien”, “¿cómo está usted?” y otras formas de respeto. Esta era educación de calidad, como los productos caseros. Y, simplemente, se llamaba educación.