“La pobreza llama a la puerta”

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José Rodríguez González, periodista

(ESPIGANDO)

José Rodríguez González, periodista

“La pobreza llama a la puerta”

Hace unos días, un periodista, en un programa de televisión, nos ofrecía, unos datos sobre la situación de la pobreza en España y las cifras que salían en pantalla eran verdaderamente crueles. Más de doce millones, nos decía, era la cifra total de personas en riesgo de pobreza, en nuestra nación. Luego el puntero iba señalando los recovecos estadísticos con porcentajes y conceptos varios, pero siempre por el sendero de la más impresentable indigencia, en marcha.

Y uno se pregunta: ¿no es esta aquella España que, hace 14 años, ocupaba el puesto octavo, entre las naciones más ricas del mundo? Exactamente la misma, solo que, hoy descendida al puesto decimocuarto, en el ranking mundial de las más ricas.

Lo grave del asunto es que, en la apreciación de quienes aquí vivimos y casi todos los extraños que nos visitan, España es una especie de país de las maravillas. Vivimos un poco en la inopia, gobernantes y gobernados, mientras la pobreza, la sumergida y la aparente, camina, desgraciadamente, sin descanso.

Hay responsabilidades, todas ellas enzarzadas en el entramado social, pero sobre todo en el orden político que es donde radica la obligación de responder a las necesidades de los ciudadanos. Es cierto que no podemos culpabilizar, del todo, a los gobernantes de lo que ocurre, pero dando un repaso a la historia y, al pie de los hechos actuales, se puede concluir, muy fácilmente, que los gobiernos socio comunistas, como el que nos dirige, no son los más adecuados para levantar un país tocado de carencias económicas.

Tienen tendencia a prometer lo que no pueden dar, lo cual es un desprecio a la inteligencia del contribuyente. De los problemas económico-sociales, se desentienden bastante de los primeros y se ocupan de los segundos que son más fáciles, sin percatarse de que un país, sin buena economía, no podrá nunca aspirar a un adecuado bienestar.

Aumentan la cuota de miembros del ejecutivo con cuatro ministerios más, renuevan cargos a mitad de legislatura, cayendo en un verdadero despilfarro de dinero público, ya que cobran los que vienen y hay que pagar a los que se van. Se cierran industrias contaminantes, con precipitación y prejuicio, sin parase a pensar en la posibilidad de subsanar sus defectos y preservar puestos de trabajo.

¿Consecuencias? Aumenta la deuda, sube el paro, se elevan los impuestos, se aviva el subvencionismo, se acostumbra al pueblo a ganarse el pan de la limosna, sin el sudor de la frente, y el que no llega a tiempo para poner la mano, pasa hambre. Este es el “modus operandi “de este tipo de gobierno híbrido que tenemos, coaligado con comunistas y amigo interesado de separatistas. Y, a todo esto, la pobreza que está llamando a la puerta.

 

(ESPIGANDO)

José Rodríguez González, periodista

Vidas cortadas

Exactamente igual que si fuera una flor crecida en el particular jardín de nuestras vidas y cortada por un indeseable jardinero al que igual le da savia que sangre, porque desconoce que su oficio es cuidar y no cortar las flores. ¿Qué clase de mente endemoniada gobierna los actos de ese loco asesino de mujeres tristemente protagonista de tal clase de muerte, en nuestros días? Mentes malignas de hombres, poco hombres, que profanan salvajemente el templo del amor con la inquina, con los celos, con el odio cegador. Recordé aquel libro de José Osés titulado “La vida, el mundo y sus cosas “que teníamos, como práctica de lectura en la lejana escuela rural de mis tiempos de niño. Hermoso contenido el de aquel libro. La vida va primero, en toda clase de valores que supone la existencia. Se inicia en el mundo de la familia, entra, poco a poco, en sociedad y se riega con la savia de la sangre que es amor. La vida, como las cosas sagradas no se puede maltratar, ni siquiera la propia, que tampoco es nuestra A veces, estamos en el mundo con la mentalidad de dueños absolutos, gozando en nuestro propio jardín de las delicias, dispuestos a comer la fruta prohibida, con soberbia. Nos portamos como malos jardineros, pretendiendo que el rosal nos ofrezca solamente flores y no espinas. Aceptamos la oferta de la fruta prohibida que hace Eva y queremos que la culpa del pecado sea suya, solamente. No nos vale decir que así son las cosas de este mundo mal formado y ponerse a esperar, de soslayo, que una nueva fecha fúnebre traiga el luto, una vez más, al calendario. No es cuestión de estadísticas y de airadas salidas a la calle, agitando jeremíacas pancartas. La muerte es un hecho irremediable, a todas luces, carece de género y es inútil pretender llevarla, de la mano, a la política, porque el mal está oculto en esta sociedad que somos todos. Confundimos el amor, que se crea y no se hace, ignoramos, con desprecio, los valores del respeto y la humildad y exaltamos el orgullo y la soberbia que enmohecen la razón y envilecen la normal condición de la persona. Y así salen a la escena ejemplares de ciudadanos malnacidos, excedidos en la urgencia de derechos, ignorantes de deberes, acrecidos en caprichos y egoísmos, infectados de celos y de odio, miserables asesinos de mujeres.